Acumular se ha vuelto el credo contemporáneo, la actitud constante y desenfrenada en donde el ser humano se mide según la cifra que tenga en su cuenta bancaria o la cantidad de propiedades a su nombre. Pero lo terrible no es solo eso… lo verdaderamente sorprendente es que el valor del ser humano dependa de esas cifras… ¿Qué somos sin el personaje que interpretamos, si nos despojamos del rol de hijo, padre, madre, amigo, millonario, pobre, exitoso, fracasado, gerente, abogado? Somos esencia, ni más ni menos que nadie.
Somos millonarios
por el solo hecho de despertarnos un día más. De ver la sonrisa de tu madre,
que tu hijo te diga “te amo”, que tu amigo te escuche cuando lo necesitas.
Somos millonarios por el solo hecho de estar, de tener la oportunidad de ver, oír,
saborear esta vida y caminarla… aprenderla.
Es descabellado
pensar que el dinero es un demonio… el dinero es energía y esencial para
trasegar los caminos materiales de la sociedad contemporánea, pero la angustia de
sentirse menos por no tenerlo o la prepotente actitud de sentirse más por
tenerlo, se convierte en la falacia que a veces nos agobia y no nos deja
disfrutar de lo esencial, ese ideal de plenitud que nos esclaviza.
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